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domingo, 7 de diciembre de 2008

Realidad virtual

Un dia de Pasqua un xiquet plorava
perquè el catxirulo no se l’empinava.
La Tarara sí, la Tarara no...
(Popular)

Estábamos medio traspuestos entre torrijas y monas cuando, devolviéndonos a la realidad, el Parlamento Andaluz va y nos deja alucinados. Talmente.
Y eso que, mientras el resto tratábamos de superar el síndrome de la reentré, allí (en Sevilla, al menos) seguían metidos en harina de panquemao, aunque por esos pagos no se estile semejante bollo. O sea, que andaban empalmando la Semana Santa con la de Farolillos, desfile de pasos procesionales con procesiones de caballos camino del Real, hábitos de nazarenos con trajes cortos y faralaes, fervor religioso con Feria de Abril. Lo que es toda una Quincena de Pasión. Virtualmente.
Nos ha cogido en plena operación retorno y con el paso cambiado; debatiendo si la cláusula Camps, que se inventó para las competencias y el articulado, podría aplicarse a todo el texto, a la redacción completa, de la cruz a la fecha, si cabría apelar a su poder taumatúrgico para ser, también nosotros, nación, cuando viene Andalucía a sorprender a propios (“¿será una broma, no?”, ha dicho Alfonso Guerra) y a extraños y, sin más preámbulos, nos mete de hoz y coz en la realidad nacional. Que siempre supera a la ficción. Literalmente.
¡Pa que te vayas con los soldaos! Las antigaldosianas nacionalidades episódicas se han llevado el gato al agua. Se ve que los andaluces no se sentían realizados. ¿Qué pasa, que ellos tienen a Wifred el Pilós? Pues nosotros a Argantonio de Tartesos. ¡Necesito realizarme!¡Toma quiyo!, ahí tiés un casho de realidá pa que te realices a guzto. Nacionalmente.
Una cosa que –creo- han de hacer, es buscarse algún desastre que constituya un verdadero hito histórico nacional, al modo de La Diada o la Batalla de Almansa. Si ha habido un levantamiento, popular o como sea, ¿por qué no se conmemora su data en lugar de la del aplastamiento? Misterio. Tal vez porque eso permite alimentar la autocompasión, el lamerse las heridas, el irredentismo, el “perder para ganar” que dice Juaristi. A lo mejor también (eso lo apunto yo) porque, en general, la bandera que entonces se iza y agita, las reivindicaciones que se plantean, el grito que llama a la rebelión, tienen poco que ver con lo que ahora se dice. Tales sucesos a menudo carecen de contenido “nacional” (o quizás sí, pero no del que pretenden) por mucho que la visión histórica sea algo tan sufrido que nos consienta realizar inocentes manipulaciones como son las lecturas de los acontecimientos del pasado en claves actuales. Mismamente.
He estado pensando y me permito efectuar una modesta contribución a la causa. Sabida es la querencia que por allí manifiestan hacia todo lo que suene a moro (por algo está en su denominación de origen, que ahora se quiere calificada), conque dejemos para mejor ocasión las hazañas de las tribus iberas y olvidemos de igual forma a la provincia romana, la Bética, que, a pesar de llegar a coincidir en buena parte con el mapa actual de Andalucía, no nos aporta hoy gran cosa (mejor dicho, puede encender los arrebatos futboleros de unos y los odios acerbos de los sevillistas). Vayámonos a las fuentes, a celebrar, con dolor, la derrota de las Navas de Tolosa. Directamente.
¿Qué les parece? En fin, era sólo una idea. Simplemente.

La Mala Educación

We don't need no education
We don't need no thought control
No dark sarcasm in the classroom
Teachers leave them kids alone
Hey teacher leave them kids alone
(Pink Floyd. The Wall)
¿Es que no se les ocurre otra política educativa que enmendar la plana al ministro precedente, desandar lo andado y colocar cada cual su sello, su propia marca de fábrica? Diría que hay serias y extendidas sospechas de que se ha pasado de meter la letra con sangre a que no entre de ningún modo, de exigir la lista de los reyes godos a que el temario se limite al último rey de España (quiero decir al actual), de conocer los afluentes de los ríos de la península ibérica a la apropiación programada –en exclusiva o por tramos- de los que atraviesan una comunidad, de las leyendas y cronicones a la revisión o falseamiento de la historia, de saber latín a no ser capaces de hacer la o con un canuto, y así ad infinitum. Fuerza es reconocer en ello, más que una mala gestión de este gobierno o del anterior, un colapso general, un fracaso de los estamentos implicados y un completo desarme moral, con expresa renuncia a ideas, valores y principios sobre los que se asentaba la educación.
Las dificultades para abordar el tema desde el consenso, para extraer denominadores comunes, para hacer una política de Estado (bueno está el horno para tales bollos) se han revelado insolubles. Y conste que estas historias no son nuevas: “El modelo llega a su cima con la reforma de Moyano de 1857, que garantizó la educación primaria obligatoria hasta los nueve años y concede al Estado la elección de los programas y libros. De nuevo, la penuria impide avanzar, y si en Francia la reforma educativa fue fundamental en el desarrollo de la unidad nacional al extinguir los particularismos y las lenguas regionales, en España, la deficiente escolarización truncó esa posibilidad, permitiendo la supervivencia de los idiomas locales.” (Fernando García De Cortázar. Breve Historia de España). Al margen de las lenguas vernáculas –lo que pudo ser una afortunada y casual consecuencia de una insuficiente acción política-, esto se parece a un mal endémico.
Andamos con dudas milenarias, desde el Génesis a Pío Baroja, entre El Árbol de la Vida y el Árbol de la Ciencia y, como Unamuno (“¡que inventen ellos!”), en Amor y Pedagogía, se encumbra la ciencia a un punto que la hace parecer ridícula, abonando los argumentos en su contra y situándonos en el extremo opuesto. “No educaré a mi niño ni como ella en su remordimiento ha deseado ni como me educaron a mí. (...) Prefiero que tenga una psicología apacible, una fisiología pujante, que conserve su pureza largo tiempo; que sea atlético y cristiano; que no refine las sensaciones y no se avergüence de los sentimientos; que se case a los veinticinco años con una buena moza, de caderas anchas y críe a sus numerosos hijos en el temor de Dios y en la convicción de que la vida es excelente, que nacer es un don y que hay fuera de nosotros y por encima de nosotros una ley que hemos de acatar y un criterio definido que se nos impone. (...) A veces sueño para la criatura un atletismo que, mediante la ley de adaptación, le reduzca el cerebro y lo convierta en uno de esos dioses bellamente estúpidos de cabeza menuda y pectorales y bíceps soberbiamente desarrollados, que nos legó un período del arte helénico. ¿Y yo?. ¿Por qué no procedo así?. (...) Porque empecé temprano a socavarme el alma y a practicar el rito que produce la infinita desolación. Porque soy un envenenado...” (Emilia Pardo Bazán, La Sirena Negra).
Se ha probado a separar los ministerios de Ciencia y Educación y a volver a unirlos. La LOGSE intentó acomodar las titulaciones y la formación profesional a las demandas cambiantes del mercado laboral. Era una buena ley que careció de medios para su implantación y desarrollo, según oí decir –al principio- a muchos docentes. Con esos bueyes había que arar pero estábamos otra vez como con Moyano. La Ley de Calidad se tildó de reaccionaria y centralista y fue directamente ignorada y derogada antes de cumplir un solo artículo. Este gobierno estableció como prioridad la reforma de la Ley Orgánica de Universidades y, al día siguiente de aprobar la LOE, la Sra. Sansegundo salió por la puerta de atrás del Ministerio.
Otras cuestiones serán importantes pero ésta lo es tanto como la que más. ¿No ha llegado el momento de dejarse de tontunas revanchistas, abandonar las posturas dogmáticas y pasarse al “gato blanco, gato negro” de Felipe González cuando volvió de China? Pregunto.

Cartas marcadas

Me mandaron una carta
por el correo temprano...
(Violeta Parra)
Fulano, ¿has abierto la correspondencia? ¡Qué susto! Peor que si recibes un requerimiento de Hacienda pidiéndote explicaciones, o una notificación de Tráfico poniéndote una multa gorda y retirándote el carné. No, no eran las Cartas Marruecas de Cadalso. También a Esquerra, como al autor ilustrado, le duele España, pero no en la forma en que concibió ese dolor Unamuno y pasó a la posteridad: “me duele España porque la amo”. Se ciscan ellos en España –que, encima es la causa de su estreñimiento- y en la madre que la parió.
¡Vaya golpe que han atizado con el mazo! (de cartas).
Dicen que no eran cartas abiertas y que los destinatarios eran sólo los de su cuerda. Ya: honrados a carta cabal los chicos. Lo que desde luego no eran es cartas de amor. Son cartas marcadas por la infamia, con tufo de corrupción y mamoneo. Ya se ha resaltado a qué misivas se parecen: A los mensajes de esos otros a quienes también les duele España –los abusones que todos conocemos-, a los avisos y ultimátums extorsionadores. Justo ahora, que estamos a ver si paran, que no nos llega la camisa al cuerpo, llegan estos con que también quieren jugar a eso. Vamos, como lo de que “o jugamos todos o se rompe la baraja”, que viene a ser “o jodemos todos o va la puta al río”. En ambos casos, están con ese viejo fastidio de sentirse entre la espada (¡ay, el espadón!) y la pared, y entre la baraja española y la francesa. Y sintiendo el irrefrenable deseo de jugar con dos barajas. Juego de manos, juego de villanos. La sinvergozonería ha adoptado carta de naturaleza. Es una auténtica carta de ajuste, una carta náutica (es decir, de marear), cartas credenciales de la puesta de largo de Esquerra, ¡una carta astral!
Deberían aclarar a dónde va a parar la exacción y disipar las dudas sobre la licitud de la bicoca, porque, aparte de financiar el partido (lo que no es aclarar mucho que digamos), no se ha explicado de forma detallada a qué se destina la derrama, cómo es que les ha dado ahora por pasar el plato, de quién es la gorra que se pone en circulación, de quién la buchaca y de quién la ocurrencia, si se sabe su nombre, cómo es él y a qué dedica el tiempo libre. ¿Vienen franqueadas? (Perdón, juancarloseadas; perdón otra vez, maragalladas.) ¿Cuál es su tenor, su literalidad?, que yo no he visto ninguna y tengo curiosidad. ¿Vienen en prosa o en verso?
“Querido simpatizante: Espero que al recibo de la presente estés bien.” ¿Se podrá uno dar de baja en el censo de las simpatías o en el fichero informático de marras? “Lo que le comunico para su conocimiento y a los efectos oportunos.” Dicen que no, que es una broma, que es sólo era para ver cómo respiraba el personal y que el destinatario no tiene por qué cogerla al pie de la letra. “En contestación a su atento escrito del pasado día equis de los corrientes, y por el mismo conducto de su envío, adjunto le remito la gabela solicitada”. El alguacil alguacilado: los funcionetas han de presentarse en ventanilla. Pero esta vez a cotizar. “Muy señor mío: que pase por caja a retratarse”. Tot en català, és clar.
El caballo de oros (por no decir el rey) pasando el naipe de la copa (“aparta de mí este cáliz”, dirán los de Convergència), y con el as de bastos en la manga. La pela es la pela. Como decíamos de pequeños, “carta en la mesa es presa”. Y con ella el que la echó.
¡Cómo se ha puesto el género epistolar, está imposible! ¡Qué desbarajuste!

Gora Irlanda Askatuta

Tots els colors del verd,
gora, gora, diuen fort
la gent, la terra i el mar
allà al País Basc.
(Raimon: Recital de Madrid, 1976)
¿Que cómo veo yo el tema? Verde. No verde que te quiero verde, sino verde claro, del color de una esperanza no exenta de incertidumbres; verde como la hoja del roble vizcaíno, como la fruta que no está madura, y no verde trébol como Irlanda. Porque, querer, lo que se dice querer, todos queremos más. Y más y mucho más.
A lo que parece, ya nadie pone en duda la equivalencia entre el caso irlandés y el vasco. Hasta donde yo sé, en Irlanda del Norte había una confrontación guerracivilista entre dos facciones perfectamente diferenciadas, armadas ambas –aunque no en la misma medida-, de distinta cultura, religión y extracción social, que habitaban en barrios separados, convertidos en guetos, y que, por lo tanto, ni convivían ni se mezclaban. La presencia del ejercito allí, como fuerza de interposición más próxima a uno de los contendientes, ha sido constante; aquí las tanquetas han aparecido en casos puntuales y lejanos en el tiempo, en los años de plomo de los sucesos de Vitoria (Campanades a mort, “la calle es mía”, luego la ha hecho suya la Kale Borroka) y por mucho que se hayan dejado llevar por ensoñaciones míticas y melancolías fantasiosas, conmemoraban enfrentamientos reales, victorias y derrotas históricas. Por aquel entonces, en Dublín, en los soportales del G.P.O. (la central de correos que fue bastión de la independencia de la república de Irlanda), se exhibían carteles de torturados; en el mercadillo de Gaiety Green, frente a Saint Stephen’s Green, se vendía parafernalia propagandística; de vez en cuando cortaban O’Connell Street por amenazas de bomba; y aparecían pintadas (Smash the H Block) en los barrios obreros. Pero han sido 30 años de caminos divergentes. Juaristi afirmaba que cuando los del I.R.A. hacían una huelga de hambre llevaban su inanición hasta la muerte y los de E.T.A. (aparte de que no la hacían), salían más gordos. Al margen de las relaciones de colaboración entre ambas, en una especie de multinacional del terror, y de la tenebrosa semejanza que todas estas bandas tienen, las fuentes ideológicas en las que han bebido son bien distintas y en la verborrea de E.T.A. sigue presente la desiderata revolucionaria (Euskal Herria sozialista). Allí, uno de los grupos dominaba los resortes del poder económico y el otro estaba sojuzgado o, al menos, desempeñaba un papel subalterno. Mientras, en el caso vasco, se puede hablar de una pujante burguesía que controla sectores estratégicos, como el BBVA o Iberdrola. El colmo de esta intencionada ceremonia de la confusión es el régimen político: En el Ulster, han obtenido una autonomía alicorta que se suspende sin que rechisten. ¿Se la cambiaría el PNV por el Estatuto de Gernika? Dicho lo cual, es necesario enfatizar que todos los terrorismos son igualmente despreciables. El que fuera Presidente del Foro de Ermua, Vidal de Nicolás, resaltaba que no cabe recordar el historial de las víctimas como luchadores antifranquistas o vascohablantes, porque de ese modo se establecen gradaciones intolerables, comparaciones repugnantes, que pueden llevar a la aberración de pensar que se mata a unos con más derecho que a otros.
También está la imagen estereotipada de las aficiones comunes, del gusto por las bebidas espirituosas (el txacolí de Guetaria, el vino de la Rioja alavesa, los txiquitos o el calimocho, el whisky o la cerveza Guinness), el orfeón y las baladas. Y el folklore, que de eso nunca falta: Kortatu y los Wolftones.
En fin, si se empeñan...
Hablando de todo un poco, no sé lo que habrán pensado al enterarse de que actuaba como muñidor de la negociación un sacerdote. ¡Hombre!, de eso, en las Vascongadas, sí que saben, de curas defensores de las esencias tradicionalistas (no diré carlista a ver si me lo confunden con el príncipe Carlos, el de Camila, y tampoco es eso). Y, además, un señor con cara de bestia, boxeador jubilado. Uy qué risa. Un caso sonado. Ha sido como un directo a la mandíbula de la lógica diplomática. Quizás era cierto que ETA estaba contra las cuerdas y a punto de caer noqueada. Pero no adelantemos acontecimientos ni juzguemos por las apariencias, que está feo y no procede. Esto me trae a la memoria a otro boxeador: Ni los yankófilos, ni menos aún los islamistas, han reparado en el detalle de que en los últimos juegos olímpicos de USA, en el postrer relevo (o sea, el acabose), la antorcha fue portada por Cassius Clay (o sea, un musulmán), Muhammad Alí para los amigos. Pues a lo que íbamos, mira que Euskadi ha suministrado púgiles en cantidad y calidad: Paulino Uzcudun, Urtain... la verdad, no me pregunten que no me gusta el boxeo y no entiendo ni gorda, ¿pero es que todo se lo tienen que encargar a los especialistas en repartir ostias? Oye, ¿y por qué no traen a Bono, ya puestos? El cantante de U2, digo, no el Ministro de Defensa; que aquel es irlandés y entenderá del tema y éste de la Mancha, igual que Almodóvar y Sarita Montiel.
Sólo espero que hayan dejado de ser Malos tiempos para la lírica, como decía Golpes Bajos. La cuestión es que no se trate de un combate amañado y tengamos que acabar gritando «tongo, tongo» y, de cualquier forma, sería deseable no bajar la guardia, no sea que, si por alguna de aquellas volviera a sonar la campana, se hubieran cargado de hierro los guantes.
A lo mejor hay más coincidencias de las que yo pensaba. Pues nada, lo dicho, Gora Irlanda Askatuta.

Nos ha comido la lengua el gato

O mejor dicho, la gata.
Se cuenta que cuando le hicieron llegar a Adolfo Suárez el deseo de los nacionalistas de enseñar en catalán en las escuelas, respondió algo parecido a lo siguiente: «Allá ellos; pero ¿cómo piensan explicar el teorema de Pitágoras en catalán?» Si non è vero è ben trobato. La reivindicación de que la enseñanza reglada se realizara en lengua vernácula era algo más serio que aquello de “El arjamí a lä ehcueläh”, una pintada que apareció en las calles de Córdoba, también en los años turbulentos de la Transición, y sobre la cual se cachondeaba Serafín Fanjul. Supone el catedrático de Literatura Árabe de la Autónoma que el graffiti se refería al aljamiado, idioma fabuloso (por inventado) que vendría a ser el español, en su variante dialectal andaluza, escrito con caracteres arábigos.
De aquellos polvos, estas preñeces. La sandez del Presidente del CGPJ, al equiparar el catalán y las sevillanas, es de órdago, de marca mayor, pero sólo eso: una majadería sin más historia ni trascendencia. Ahora, ha declarado –tácitamente- que es “dueño de sus silencios”, pero calla –y otorga, en este caso- que es “esclavo de sus palabras”. Aunque es lo de menos, el Sr. Hernando parece que habrá de ser juzgado en rebeldía parlamentaria. Ha devuelto, en el culo del Congreso de los Diputados, la patada que recibió el Poder Judicial del pie de Atutxa. E Ibarretxe dice que vale, que ahí se las den todas. Montesquieu no da abasto: todos se le encomiendan.
En España, fuera del territorio en cuestión –y aun dentro de este-, el hecho de hablar una lengua distinta se ha visto rodeado de incomprensiones atávicas. En esencia, viene a ser lo que escribía Moratín (“Asombrose un portugués/ al ver que en su tierna infancia/ todos los niños de Francia/ supieran hablar francés”) y que canta la Niña Pastori. Y más cosas. Cuando se da la vuelta a la tortilla y alguien no puede, de forma libérrima, optar por la educación bilingüe o, sencillamente, por la enseñanza en castellano, la cosa empieza a ser preocupante.
“No podemos seguir siendo insensibles a su calvario; no podernos por menos de apoyarlas en su deseo de hablar en libertad su lengua (...). A los que han sufrido la arrogancia colonial, el racismo, la xenofobia, les perdonamos los excesos de su propia arrogancia nacionalista, de su propio racismo y de su propia xenofobia, (...) proclamar el derecho de toda persona a hablar su lengua no debería suscitar ninguna vacilación de esa naturaleza. (...) Una lengua que ha estado mucho tiempo oprimida, o al menos desatendida, ¿puede legítimamente reafirmar su presencia a costa de las otras, y con el riesgo de instaurar otro tipo de discriminación?” (Amin Maalouf, Identidades Asesinas)
El otro día, Joan Manuel Serrat fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad Complutense. Además de declarar que «nada le gusta más a un catalán que triunfar en Madrid», dijo otras cosas divertidas que contrastan vivamente con la antológica salida de pata de banquillo del Presidente del Supremo. Una perla para la posteridad: «La lengua en la que más a gusto me expreso es aquella en la que me prohíben hablar.» En 1968 dejó otra cuando pretendió representar a TVE en Eurovisión cantando en catalán. De Serrat, que ejerce de bilingüe, hablan su discografía y su biografía –afortunadamente- inacabadas.
Resulta triste el abandono deliberado del bilingüismo, la renuncia, voluntaria e incomprensible, por parte de los nacionalistas, a un tesoro impagable: la educación en dos lenguas, que los ciudadanos de esos territorios, desde niños, las puedan manejar indistintamente, profundizando en el conocimiento de ambos idiomas y abriendo sus mentes al aprendizaje de otros. La sola posibilidad produce sana envidia. La tienen y la dilapidan sin pestañear.
Los experimentos con gaseosa: nos podemos cargar, en ese aspecto, más de una generación (o todas, para la posteridad) y, como dice Maalouf, la discriminación positiva no está claro que sea buena (ni positiva), presenta serias dificultades y graves riesgos.
La Gata Lana no es caníbal pero la están empapuzando de lengua española. ¡Ay qué leche!

Del nacionalismo, lo políticamente correcto y otras yerbas

Durante la Transición se consagró como dogma de fe un sofisma basado en la ecuación con los términos nacionalismo y progresismo a sendos lados del signo igual. En paralelo, se difundió la especie de que a las reivindicaciones periféricas se oponía un rancio nacionalismo español de extracción -por supuesto- reaccionaria. Muchos nos preguntamos, sin atrevernos a negar la mayor y con franca ingenuidad, dónde reside éste. ¿En la adopción del toro de Osborne como distintivo? Los españoles (y entienda cada cual el gentilicio como quiera) somos poco dados a envolvernos en banderas y a efusiones semejantes. Seguimos, por el contrario, inmersos en la Leyenda Negra y en el papanatismo de pensar que todo lo que viene allende los Pirineos es mejor que lo de acá.
Precisamente por eso me felicito de que no hubiera rasgadura generalizada de vestimentas con la salida de tono de Rubianes. Vale que la cosa tenía poca gracia pero era tan sólo un gesto hacia la galería, una boutade que rezumaba clientelismo y que no valía ni un segundo en meditar respuestas. ¿Quién no recuerda el revuelo que se organizaba en Cataluña cada vez que alguien se metía con Pujol? ¿Y el cisco que se montó aquella vez que, en un sainete televisivo, de la mano de Boadella, bajó el Honorable al vestuario del Barça con la imagen de la Moreneta? A los nacionalistas les falta sentido del humor, se toman el tema demasiado a pecho y se escandalizan a la mínima. Convierten lo suyo en una religión y reaccionan con histeria y fiereza ante cualquier objeto que roce su fina piel. Además, igual que les pasa a algunos ateos que hacen proselitismo de su descreimiento y que son los más preocupados por la existencia de Dios, andan éstos siempre a vueltas con el Estado. El resto (creyentes de variado signo, con fervor o indiferencia, ateos menos entusiastas y agnósticos en general) simplemente convivimos con Él, con él, o sin Él. Hay que laicizar la política y vacunarse contra semejantes excesos. Amin Maalouf, en su demoledor ensayo Identidades asesinas, desmenuza el método de cómo el ideario (o el origen) puede convertirse en un catecismo.
Lo de la nación es un debate de larga trayectoria. Respecto a Euskadi -contaba Juaristi en El Bucle Melancólico- el concepto fue verbalizado por Gudari del siguiente modo: “La reclamación nacionalista al Estado español de una soberanía arrebatada por la fuerza implica reconocer la legalidad de dicho Estado. La libertad no se pide, se conquista, y más importante que todos los precedentes históricos, si los hubiere, es la voluntad de constituirse en nación.” La cuestión está clara: se trata, básicamente, del método recogenueces que teorizó, sin vergüenza, Arzalluz, el eterno avinagrado, uno de los grandes odiólogos del vasquismo reciente.
El nacionalismo ha acabado por integrarse en el libro de estilo, en el protocolo de actuación, en el código de conducta de lo políticamente correcto. Los que vivimos en alguna de sus áreas de influencia sabemos cómo funciona el mecanismo. Su éxito radica en la capacidad de penetrar, de forma subrepticia, todos los ámbitos sociales, de impregnar cualquier corriente de pensamiento. Informa transversalmente (perdón por el adverbio) movimientos e ideologías y obliga a derecha e izquierda, a güelfos y gibelinos. Aunque a unos más que a otros. Tanto es así que, en determinados lugares, de forma “natural” y acrítica, todo bicho viviente es, en distintas dosis, nacionalista, o al menos nadie osa declararse nítidamente en contra. He ahí la prueba irrefutable de cómo se ha incorporado al bloque normativo de la corrección política.
Lo políticamente correcto constituye una forma de parapetarse tras una neutralidad cómoda y etérea, de buscar una equidistancia amorfa. Pero si lo mejor es enemigo de lo bueno, aquí lo correcto es incompatible con lo excelente y se contiene en los límites de lo ordinario, de lo mediocre. En vista del panorama, temiendo lo que se le venía encima con tanta incuria lingüística, al bueno de Lázaro Carreter, a quien Zapatero nombró miembro de su equipo de notables para preparar el asalto al poder, debió darle un jamacuco. Según tengo entendido (y no pueden caber dudas sobre una persona de su fuste intelectual) le sacaban de quicio esas estupideces de “compañeras y compañeros” u otras de tal jaez. No digo ya lo de “jóvenes y jóvenas”. Sólo son cacofonías denostadas por cualquiera con algo de sensibilidad. Venga personos y personas a inventar palabros, sustantivos y sustantivas, o sustantives, y conjugaciones neutres. Pero si malo es lo de la barra con los dos morfemas de género, peor todavía es lo de la arroba. Se podía pronunciar con una inflexión de la voz o entonación peculiar; por ejemplo, un sonido retronasal que diría un catavinos. La moda sólo es parangonable con el gesto horroroso del entrecomillado al que se pretende dar un matiz irónico o cualquier doble sentido, y donde la expresión oral viene acompañada de la imitación visual de las comillas: levantados los dedos índice y medio de las dos manos y flexionándolos, con ligero aleteo, desde ambos lados del colodrillo. Y es que todo, el nacionalismo, lo políticamente correcto, la sandez institucionalizada, es acostumbrarse.
Hace unos ocho años le dejé a un amigo un ejemplar de la revista Ajoblanco en el que dialogaban sobre la necesidad de desacralizar la política, en lo tocante al nacionalismo, Arcadi Espada y Jon Juaristi. Un delicioso artículo que ya no volvió a mi poder, lo mismo que una carta (creo que anterior incluso) de Javier Marías al director de El País sobre el sexismo en el lenguaje. Esas cosas que se prestan y no te las devuelven. ¡Ay que ver cómo es la peña! Ya sé que negarse a prestar algo es políticamente incorrecto (o impolíticamente correcto o como coño se diga) pero, qué quieren, ya me estoy cansando... Dita sea. A la próxima, fotocopias